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jueves, 12 de diciembre de 2013

Lecciones espirituales de Jonás 1:4-6



La tempestad

“Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave” (Jon. 1:4).

“Jehová hizo levantar un gran viento en el mar”. Dios es el Creador y el dueño legítimo de la naturaleza. Los elementos y las criaturas obedecen su voz. No está limitado por las leyes naturales, más bien Él las rige y las controla: “Truena Dios maravillosamente con su voz; Él hace grandes cosas, que nosotros no entendemos. Así hace retirarse a todo hombre, para que los hombres todos reconozcan su obra” (Job 37:5, 7).

Siempre que Dios levanta una tempestad es con un propósito: “Asimismo por sus designios se revuelven las nubes en derredor, para hacer sobre la faz del mundo, en la Tierra, lo que él les mande. Unas veces por azote, otras por causa de su tierra, otras por misericordia las hará venir” (Job 37:12, 13).

Lamentablemente solo en la tempestad muchas personas son susceptibles a oír el llamado de Dios: “En una o en dos maneras habla Dios; Pero el hombre no entiende” (Job 33:14). Solo hasta que el hombre está cansado de correr y de huir de Dios, cuándo ya no hay más remedio algunos oyen el llamado, tal como lo hiciera el ladrón en la cruz.

En el caso de Jonás esta tempestad fue por misericordia, Dios quería hacerlo reflexionar. Y aún fue por causa de los marineros, para que ellos reconocieran al verdadero Dios.

A veces tenemos adversidades tan grandes que pensamos “que se partirá la nave” de nuestra existencia, pero este relato nos enseña que Dios está al control de todo y tenemos esta promesa: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Co. 10:13).

¡Que bendición habría sido para Jonás haber hecho caso a Dios desde el principio! ¡Cuántos problemas y necesidades se hubiera ahorrado! Y lo mismo sucede con los que persisten en vivir alejados de Dios. No es lo mismo enfrentar los problemas y dificultades solos, por nuestra propia cuenta, que a enfrentarlos con nuestro Todo poderoso Señor, que nos invita: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).

Tiempo de clamar a Dios
“Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios; y echaron al mar los enseres que había en la nave, para descargarla de ellos. Pero Jonás había bajado al interior de la nave, y se había echado a dormir” (Jon. 1-5).

“Y los marineros tuvieron miedo”. A veces el miedo es necesario para hacernos reflexionar, para despertarnos, para darnos cuenta de la situación de peligro en la que nos encontramos. Pero como todas las cosas tenemos que canalizarlo hacia algo positivo, de lo contrario puede destruirnos. Estamos en un peligro de Vida o muerte eternos. Por ello el enemigo nos adormece (como a Jonás) en los placeres y trabajos vanos de esta vida y no nos damos cuenta de esta realidad, miles perecen en el mundo “sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef. 2:12). “Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones” (He. 3:7,8).



“Y cada uno clamaba a su dios”. Los marineros estaban en peligro, y por ello clamaban a sus dioses. Nosotros vivimos en un momento difícil: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos” (2 Tim. 3:1). Vivimos en los momentos solemnes cuando Cristo esta por regresar por segunda vez, y por tal motivo “vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pe. 5:8) “sabiendo que tiene poco tiempo” (Ap. 12:12).

En otras palabras, es un tiempo de intensa lucha contra el enemigo que se intensificara cada vez más, y debemos estar en comunión constante con Dios por medio de la oración para evitar que Satanás nos engañe. Jesús repite esta exhortación para nosotros: “Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo” (Mr. 13:33). Nuestro mundo es como un barco que va directo al naufragio ¡con cuanta devoción debemos orar y prepararnos!

“Y echaron al mar los enseres que había en la nave, para descargarla de ellos”. En la vida espiritual tenemos que despojarnos “de todo peso y del pecado que nos asedia” (He. 12:1). ¿Qué cosas estorban, pesan en tu vida y te impiden acercarte a Dios? En momentos de Gran peligro el cargar con muchas cosas aumenta la dificultad. No carguemos con el pecado, ni con rencores, ni codicias, ni tristezas, ni con nada que nos impida ser victoriosos en la prueba de la fe. Tenemos que ser capaces de dejar todo lo que sea necesario por nuestro Señor.

“Pero Jonás había bajado al interior de la nave, y se había echado a dormir”. Jonás se atreve a dormir en momentos de gran peligro, esto hasta por sentido común esta fuera de razón.

En estos primeros 5 versículos del libro es interesante notar que Jonás solo ha descendido:
  • Primero descendió a Jopé (versículo 2).
  • Ahora desciende al interior de la nave (versículo 5).
Así es la vida separada de Dios, cada día se va hundiendo más y más. Es contrario a la orden del Señor que ya habíamos mencionado “levántate”. Aquí es muy evidente que lo que Dios desea es elevarnos, y lo que quiere el enemigo es que descendamos a lo más profundo de nuestra existencia. Cuántas vidas están sumergidas por el pecado, esclavizadas por problemas y vicios que no pueden dejar. Por eso Dios interviene y si le damos la oportunidad Él nos ayudara a restaurarnos “Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis” (Ez. 18:32).

Que diferente el sueño de Jesús en el barco al de Jonás. Jesús también se quedó dormido en el barco, pero fue porque estuvo sanando enfermedades y predicando el reino de Dios, el único momento que tenía para descansar era cuando se trasladaba de un lugar a otro. En su humanidad tenía mucho cansancio por una jornada de mucho trabajo. Jonás durmió porque estaba rehuyendo a su deber.

Comparando este incidente de dormir con la parábola de las 10 vírgenes (ver Mateo 25:1-13) la pregunta para nosotros es ¿Qué clase de sueño queremos tener? ¿El sueño de la indiferencia o el sueño por habernos preparado y trabajado tanto? Porque de acuerdo a esta parábola todas las vírgenes durmieron.

Esta parábola nos traslada hasta el fin, representa a los seguidores de Dios (el esposo) que están esperándolo. A si mismo las iglesias en Apocalipsis capítulos 2 y 3 representan a la iglesia de Dios en cada periodo de la historia, la última de ellas Laodicea es la que existe antes del retorno de Cristo por segunda vez, es el tiempo en el que vivimos.

La reflexión para la iglesia laodicense es: ¿dormiremos como Jonás cuando vivimos en un tiempo de peligro? O ¿Nos levantaremos y clamaremos a nuestro Dios para que salve a sus elegidos de este mundo que esta por naufragar?

Levantémonos, cumplamos con la comisión que Dios nos ha dejado como mensajeros, no es tiempo de dormir en los placeres vanos de esta vida, es tiempo de pregonar la salvación.

La compasión de Dios
“Y el patrón de la nave se le acercó y le dijo: ¿Qué tienes, dormilón? Levántate, y clama a tu Dios; quizá él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos” (Jon. 1:6).

Aquí tenemos a un no creyente reprendiendo a un creyente. El que conocía a Jehová y sus promesas era Jonás. En lugar de dormir era tiempo de reflexionar en su camino, era hora de retomar su camino hacia Nínive.

Y el patrón le repite la orden a Jonás “Levántate”. Hay ocasiones en las que Dios nos habla por medio de las personas, a veces un buen consejo o una orden que recibimos provienen de parte del Señor.

Hay quienes duermen por la tristeza que los embarga, pero Dios nos llama a levantarnos, a dejar la depresión y la culpa. Y aún en su desobediencia Dios volvió a llamar a Jonás, inmediatamente reconoció la orden “levántate”. Aún estamos a tiempo de levantarnos Dios nos da la oportunidad, no nos envanezcamos en nuestra rebelión, no sea que ya no oigamos la voz de Dios.

“Y clama a tu Dios”. No es suficiente con orar o pedir, es tiempo de clamar. Clamar significa “Quejarse, dar voces lastimosas, pidiendo favor o ayuda”. Solemos clamar por cosas vanas, pero ¿Clamamos por nuestra salvación eterna que es lo más importante? Tenemos que pedir vehementemente que Dios nos ayude: “Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo” (Jl. 2:12,13).

“Quizá él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos”. Esto sigue la misma línea de pensamiento que en Joel: “¿Quién sabe si volverá y se arrepentirá y dejará bendición tras de él, esto es, ofrenda y libación para Jehová vuestro Dios?” (Jl. 2:14). Dios siempre está dispuesto a bendecirnos y darnos vida, somos nosotros los que nos apartamos y escogemos la muerte.

Hemos visto que tenemos que clamar, buscar vehementemente la salvación, más que cualquier otra cosa, esto debe tener nuestra atención suprema. No está en duda la salvación de Dios, pero el “quizá” depende de nosotros: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti, y prolongación de tus días” (Dt. 30:19:20).
  

viernes, 13 de septiembre de 2013

Laodicea: la iglesia de los últimos días



Introducción

En el libro de Apocalipsis, Jesús emite un mensaje a 7 iglesias. Estas representan 7 periodos en la historia de la iglesia de Dios hasta que el regrese por segunda vez.

La última, y que corresponde a nuestro tiempo es Laodicea (cuyo significado es “un pueblo juzgado”) es el mensaje de Jesús para los cristianos antes de su 2° venida, es el último mensaje de amonestación y esperanza.

Un pueblo juzgado

Este significado no es casualidad, tiene un profundo sentido para los cristianos de los últimos días.
·         En primer lugar el mensaje es un juicio a un pueblo tibio, que necesita un reavivamiento espiritual para encontrarse con Cristo en su segunda venida.
·         Segundo, de acuerdo con Apocalipsis 14:7 el juicio de Dios ya comenzó y empieza por los hijos de Dios (Ver 1 Pedro 4:17), en estos últimos días se juzga a su pueblo.
·         Tercero, el sentido escatológico (del fin del tiempo) que señala que el juicio de Dios debe concluirse desde Adán hasta el último que acepte a Cristo y así concluyen los 7 periodos de la historia del pueblo de Dios, con “un pueblo juzgado”.


Una aclaración: nos aterra el pensamiento de un juicio, pero debemos ver el aspecto positivo del juicio que consiste en vindicar el nombre de Dios y a su pueblo. Es decir, el juicio es para avalar que los méritos de Cristo nos vuelven aceptos para ser salvos y justificar la misericordia de Dios para pecadores que eran dignos de muerte.

Cómodos en Laodicea

Es interesante notar que Dios encuentra algo bueno en las iglesias en Apocalipsis 2 y 3, pero no hay ninguna aprobación para la iglesia de Laodicea. De hecho, el estado tibio de la iglesia de los últimos días repugna tanto a Dios que, a menos que el pueblo se arrepienta, él se verá forzado a “escupirlos” de su boca (Apocalipsis 3:16).

Esta iglesia piensa que está de lo más bien, pero siendo que es la última iglesia que terminará la obra de Dios en la tierra, no está aún preparada para el derramamiento final del Espíritu Santo.

Los laodicenses están tan ocupados felicitándose por sus logros, que Dios no quiere decir nada que contribuya a su autosatisfacción. Ellos orgullosamente señalan sus instituciones alrededor del mundo, su fuerte énfasis en misiones y su número de feligreses que aumenta dramáticamente en el mundo. Ciertamente Dios debe estar satisfecho con ellos. Pero Dios espera hacer mucho más por medio de ellos de lo que han permitido.


Podemos terminar la obra de Dios en este mundo si nos convencemos que Él puede hacerlo en nosotros y a través de nosotros. Él ha prometido toda la ayuda que necesitamos, y más.

Cuando leemos Apocalipsis 3:14-22 nos sentimos incomodos, y esa es la razón por la cual Dios nos lo dice. Jesús señala en el versículo 17 que el problema de Laodicea es que no conoce su verdadera condición. Quizá nuestro mayor problema es que a menudo no podemos vernos a nosotros mismos como otros nos ven.

¿Qué es lo que nosotros los laodicenses necesitamos ver o saber acerca de nosotros mismos? Que Dios espera mucho más de Laodicea de lo que esperó de ninguna otra iglesia anterior.

El Remedio de Dios para los laodicenses

Nuestro adversario usara “cada una de sus artes para sujetarnos hasta que pase el sellamiento, hasta que la cubierta se haya corrido sobre el pueblo de Dios, y ellos hayan quedado sin refugio que los proteja de la ira ardiente de Dios en las 7 últimas plagas” (Primeros escritos pág. 44).

Satanás no se concentra tan intensamente en persuadir a los cristianos a abandonar su fe por completo, sino en mantenernos donde estamos –en un estado de apatía laodicense- hasta que sea demasiado tarde para que hagamos algo. No podemos dejar que continué con ese truco.


Ahora, mientras la trompeta de la advertencia final para el día inminente del Señor y Dios, mientras extiende su manto protector sobre aquellos que le permiten que los resguarde del tiempo de aflicción; ahora, con la ayuda de Dios, debemos enfrentar el desafío de nuestra necesidad más grande y más urgente: un reavivamiento entre nosotros de la verdadera santidad.

Apocalipsis 3:18 nos presenta en orden reverso lo que Dios tiene en mente para nosotros hoy día. Coloca al elemento más importante, el oro, al comienzo de la lista.

El Colirio

El remedio que Cristo prescribe aquí  abre nuestros ojos a hechos que no conocemos de nosotros mismos. El Espíritu Santo no nos muestra todo de  una vez, para que no nos desanimemos. Por el contrario, paso a paso nos revela nuestras necesidades, mostrando lo que Dios hace posible para cada uno de nosotros.


Aplicamos este colirio al tomar seriamente lo que el Espíritu nos dice al estudiar la Palabra de Dios. Cuando aplicamos apropiadamente el colirio podemos ver mejor, tanto a fuera como adentro. Afuera contemplamos como nunca antes la gloria y la belleza de la vida inmaculada de Cristo y reconocemos que podemos ser como él. Dentro de nosotros podemos vernos como realmente somos: pecadores que necesitan de la justicia y el poder de Jesús.   

Vestiduras blancas

Necesitamos asegurarnos de que podemos ser cubiertos por el manto de justicia de Jesús ¡ahora mismo! No hay nada que ninguno de nosotros pueda hacer por nuestros pecados pasados y nuestras naturalezas pecaminosas. Pero Dios ya se ocupó de eso por nosotros en la cruz.

Cuando Dios perdona lo hace de manera absoluta. No ve más lo que hemos hecho en el pasado para herirle. Él reconoce solamente la perfección de Jesús. Esto es lo que significa estar cubierto con el manto de justicia de Jesús.

Para la renovación espiritual, necesitamos la oración de confesión y luego depender de la promesa divina del perdón. Luego él nos cubre con el manto de justicia de Cristo que representa “el carácter puro y sin mancha que poseerán los verdaderos seguidores de Cristo


Únicamente el manto que Cristo mismo ha provisto puede hacernos dignos de aparecer ante la presencia de Dios. Cristo colocará este manto, esta ropa de su propia justicia sobre cada alma arrepentida y creyente […] Este manto, tejido en el telar del cielo, no tiene un solo hilo de invención humana.

Cristo, en su humanidad, desarrollo un carácter perfecto, y ofrece impartirnos a nosotros ese carácter. Cuando nos sometemos a Cristo, el corazón se une con su corazón, la voluntad se fusiona con su voluntad, la mente llega a ser una con su mente, los pensamientos se sujetan a él; vivimos su vida. Esto es lo que significa estar vestidos con el manto de su justicia” (Palabras de vida del gran maestro, Ellen G. White, pág. 252-254).

El oro

Así como generosas partidas de oro erradican la pobreza, así el oro del cielo elimina la pobreza espiritual. “El oro probado en el fuego que se recomienda aquí, es la fe y el amor. Enriquece el corazón, porque se lo ha refinado hasta su máxima pureza, y cuanto más se lo prueba, tanto más resplandece” (Joyas de los testimonios, Ellen G. White, tomo I, pág. 479).


La fe que obra por amor y purifica  al alma: esto es lo que más necesitamos. Ella permitirá que los que estén a  nuestro alrededor  vean a Cristo perfectamente reflejado en nuestras vidas.

Conclusión

Cuando dejamos que Dios haga por nosotros lo que él promete lograr para Laodicea, aprenderemos por experiencia que el mensaje de Laodicea no es un mensaje negativo. Laodicea es “la pequeña iglesia que si puede”.


Vivimos en un momento solemne, Cristo está por salir del lugar santísimo y declarar: “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Ap. 22:11).

El sellamiento del pueblo de Dios ya ha comenzado, debemos despojarnos de cualquier mancha de carácter y dar el último mensaje de esperanza, antes de que sea demasiado tarde. Esta comisión no la podremos cumplir si no es con ayuda del Santo Espíritu de Dios obrando en nuestras vidas y aplicando el remedio divino que Dios ha señalado “para la iglesia de los últimos días”.

Esta reflexión está basada en  el capítulo 7 La pequeña iglesia que puede del libro El mensaje de Amos del autor Leo R. Van Dolson.


Si desea ver este tema como presentación lo puede en el siguiente link: